De la vida y sus captores

 De los captores de la vida

¿Qué hacer ante La Pregunta?
Si la mayúscula está allí es para indicar que se trata de la interrogación fundamental, aquella que punza en busca de la respuesta por la existencia.
A tal interrogación han surgido históricamente respuestas acabadas que suturan al sujeto y coartan la posibilidad del propio pensamiento mediante significaciones dogmáticas, repetitivas y resistentes a toda duda o cuestionamiento. ¿Es posible hacer de aquella pregunta un agente que posibilite el enfrentamiento del sujeto con su incompletud constitutiva provocando la apertura a un pensamiento crítico y a la aparición de un sentido particular?
De alguna manera llamativa mi exposición ingresa en una variante aparéntemente paradójica por cuanto mi exposición supondría afirmar que la pregunta no tiene respuesta, sin embargo, plantear la carencia de significación verdadera y última de la existencia me permite salir de la paradoja con la categoría de sentido particular.
Frente a la interrogación más antigua de la humanidad “¿Qué sentido tiene la vida?” grandes movimientos han sido los que se adjudicaron la función de proveerlo a la vida de los hombres. Encontramos por un lado la religión y por el otro el capitalismo. Discursos con diferencias radicales que, al menos, confluyen en un mismo objetivo: otorgar la significación universal al existir del sujeto respondiendo a la demanda que el hombre mismo hace llegar en una posición de intolerancia angustiosa a la incertidumbre.
O vivimos para Dios, para hacer su voluntad, coartando nuestro deseo y transformándonos en puros objetos para el goce de ese Otro buscando el premio de una vida después de la muerte; o nos sometemos al ritmo vertiginoso del sistema capitalista donde el objetivo del mismo es la alienación completa del hombre al trabajo, para luego conducirlo al consumo de productos que ellos mismos han producido y que se presentan como los grandes dadores de la felicidad y el placer. El sujeto alienado a los deseos del sistema utiliza su miserable salario para ingresar en la vorágine consumista. He aquí el círculo vicioso (donde vicioso tiene una doble acepción) que consta de trabajar para consumir y de trabajar más para consumir más. ¿Cuál es el sentido aquí se juega? La obtención de riqueza y el consumo son aquí los sentidos otorgados a la vida y que actúan como factores que retroalimentan el circuito. La sumisión del cuerpo en esa maquinaria es la condición de su perpetuidad.
El capitalismo como discurso ideológico y modo hegemónico de producción tiende a la suturación del sujeto proveyendo productos para su satisfacción. En este punto podemos destacar como sustancialmente importante la alienación del hombre al trabajo como condición que aplasta cualquier atisbo de un pensamiento dirigido a la posición en ese sistema, de un pensamiento que interrogue los supuestos incuestionables de la vida cotidiana.
“Liberar a los hombres de las ataduras que lo “sujetan” en la sociedad capitalista…” [Nogués, G. 2013] Estas mismas ataduras son las que impiden el desarrollo de su condición de humano. En este sentido, Marx, alejándose de la filosofía tradicional a la cual le reprocha por tan solo haber reflexionado sobre lo humano (aquí el autor menciona la condición de lo humano en referencia a la dignidad del trabajo social) sin poder jamás haber posibilitado la transformación de la estructura económica, propone entonces una revolución en manos del proletariado para propiciar así un cambio fáctico en la sociedad actual. Retengamos este “reproche” marxista a la filosofía para una ulterior reflexión.
En una línea similar, Foucault nos presenta al poder disciplinario como un modo de ejercicio del poder que remplaza al anterior, el poder soberano (aquel ejercido por la figura del rey). El poder disciplinario es un tipo de poder que recae sobre los cuerpos de modo constante y sin necesidad de ritos que lo actualicen y refuercen, pues se ejerce de modo continuo por la función del control panóptico (tipo de arquitectura carcelaria ideada por el filósofo utilitarista Jeremy Bentham hacia fines del siglo XVIII). El objetivo de la estructura panóptica es permitir a su guardián, guarnecido en una torre central, observar a todos los prisioneros, recluidos en células individuales alrededor de la torre sin que estos puedan saber si son observados. Así se producía una sensación de vigilancia continua. Esto el autor lo conduce a su concepto de poder disciplinario, afirmando que el mismo opera de este modo.
La instauración de este poder ha sido al servicio de la naciente y creciente burguesía. “Desde dichos momentos fue necesaria una nueva máquina: el cuerpo dócil fabricado por la disciplina, el cuerpo obrero, diseñado para funcionar aceitadamente en la gran maquinaria de la producción” [Finoquetto, G. 2013].
En resumen, el sistema capitalista aliena al sujeto al trabajo, le impone de modo sutil productos para su satisfacción y le ofrece un sentido del vivir: trabajar, producir y consumir. De esta manera lo “mantiene ocupado” privándole el pensar sobre su condición misma en la maquinaria de la sociedad, coartando el camino de su deseo con la oferta constante y masiva de productos para la “felicidad eterna” que, sin embargo, es la más efímera.
Pasemos ahora a considerar cómo la religión y la iglesia como su institución, opera como dadora de sentido y desde allí como dominadora de la conducta del sujeto. Para ello habremos de apoyarnos en las palabras de Friedrich Nietzsche.
“Considerando que en casi todos los pueblos el filósofo no es sino la evolución ulterior del tipo sacerdotal, no debe sorprendernos éste legado del sacerdote, la sofisticación ante sí mismo. Quien tiene que cumplir santos deberes, por ejemplo la de perfeccionar, salvar y redimir a los hombres; quien lleva en si la divinidad y es el portavoz de imperativos superiores, en virtud de tal misión se halla exceptuado de toda valoración de tipo racional; ¡él mismo esta sacralizado por semejante tarea, él mismo es el exponente del orden superior!… ¡Que le importa al sacerdote la ciencia! ¡Él está por encima de esto! ¡Y hasta ahora ha dominado el sacerdote! ¡El determinaba los conceptos de lo “verdadero” y lo “falso”!” [Nietzsche, F. 2007].
¿Cómo podríamos retomar estas palabras de Nietzsche en nuestro análisis de la religión como una de las grandes corrientes proveedoras de sentido?
Nietzsche afirma con total seguridad que el sacerdote nos dice con toda certeza qué es lo bueno y qué es lo malo, qué es lo verdadero y qué lo falso. A partir de estos ejes es fácil discernir como la iglesia, como institución representada por este sacerdote que nos trae el autor, controla nuestra conducta. Esto es posible a partir de un eje de valores que se presentan como antinómicos; porque lo “malo” y lo “falso” está prohibido en contraposición a lo bueno y lo verdadero que está permitido. Podría objetarse que la religión postula el libre albedrio y que, en ese sentido, no opera direccionamiento alguno sobre la conducta de los hombres. Sin embargo pregúntense, ¿Preferirían pasar la eternidad en el cielo rodeado de placeres o ganarse una estadía de eterno sufrimiento en el infierno por no cumplir los mandamientos religiosos?
La respuesta seguramente será por la primera de las opciones, pues como decía Freud, el hombre persigue la producción del placer.
Bien, claro está, que para que la dominancia de la conducta de los “siervos” de Dios funcione habría que creer fervientemente en el cielo y en el infierno y por ende, en Dios y en su par antitético, el Diablo. Recuerden ahora cómo comenzamos el texto, interrogándonos sobre “La Pregunta”, y más específicamente, por aquella que respecta al sentido de la vida.
Decíamos que la vida no tiene un sentido ni una finalidad determinada; vivimos porque vivimos. Sin embargo, el sujeto cae preso de la angustia al vérselas con esa falta de finalidad de la cual el destino o lo destinado son variantes interesantes para el análisis. El sujeto no soporta la existencia sin que la misma tenga una significación, entonces, ¿qué mejor que tales significaciones provengan de un ser superior (de un Otro consistente y sin fisuras) al que nada puede objetársele?. Aquí es donde nuestros dos grandes héroes vienen a salvar al hombre de esa angustiante incertidumbre y a ofrecerles oro puro: el porqué del vivir.

En lo que respecta al capitalismo ya lo expresamos, nos resta ahora charlar un poco más en profundidad sobre nuestro segundo gran héroe: La religión.
¡Dios nos creó y a la tierra también, es creador de todo el universo y de todo lo existente, por ello debemos agradecerle, venerándolo, haciendo su voluntad. Porque este ser tan inmenso e inmensamente bueno nos dio la vida, y con ello también, el sentido de la misma, el fin último: Hacer su voluntad expresada bajo los diez mandamientos. Así, y solo así, ganaríamos la tan valorada entrada a ese cielo que jamás vimos ni conocimos, pero que con seguridad accederemos a él, y junto a esa entrada nos esperará la felicidad eterna!
¿Cuál es el costo con el que pagamos un sentido ajeno y preformado? ¡El desprecio mismo por la vida! trabajar y venerar, postergar el placer para un futuro prometido luego de la muerte. ¡Inexistente! Y tal vez el gran subsidiario del Principio de Realidad freudiano que, en este caso, postergar no se acerca ni por lejos a la realidad.
La religión da sentido y la iglesia nos manipula como “corderos de dios” ¿Dónde está el sujeto? ¿Dónde está el deseo?
El sujeto esta ahogado en mandamientos y en deberes, como así también, en un fanatismo obligado de amor al prójimo.
Si la sexualidad, entendida en términos freudianos, es placer, entonces es misión de la iglesia coartarla. ¡El placer muchachos está en el cielo, después de la muerte!
El sujeto está allí, atrapado bajo la sutura de un sentido universal de la existencia. Y su deseo coartado con grandes piedras interpuestas para que solo uno sea el que se juegue, el del Uno, de Dios ¿de Dios o de una institución perversa con intenciones de dominancia? Ya ven aquí queridos lectores, no es tan diferente del capitalismo en cuanto al objetivo de su discurso. De dominar se trata, de taponear el deseo; pero hay que reconocer un gran logro: ¡cubrió toda esta maquinaria de dominación con el gran manto del amor!
Lacan lo anunció: ¡EL TRIUNFO DE LA RELIGIÓN! Estamos salvados… basta de asociación libre y de Edipo, ¡La Falta no producirá más angustia porque estará velada por siempre!
¿Qué podemos decir del Psicoanálisis para oponerlo a los ya mencionados sistemas masivos de dominación? ¿Y la filosofía?
Aunque parezcan tan distantes, la filosofía y el psicoanálisis mantienen un nexo muy importante y sustancial que los convierte en hermanos de guerra, en subversivos.
Si nos interrogamos acerca de la finalidad u objetivo de la terapia analítica seguramente encontraremos opiniones diversas y en cantidad, pero hay algo, que creo firmemente, van a respetar todas las posiciones como cierto en tanto se relaciona con el ethos (ética) del psicoanálisis: En la práctica analítica se busca un reposicionamiento del sujeto ante su propia falta. Una posición en la cual se liga a la carencia estructural que lo constituye como sujeto, sujetos al deseo definido en términos de agujero, de falta en ser. Esa carencia es la vida misma. ¡Ahí está la gracia! La falta no encuentra jamás su objeto que la instituye como tal, y por esa misma falla estructural la vida se vive en una búsqueda incesante; a querer y desear siempre algo más. El origen del deseo está allí, en esa falta estructural. No obstante, la angustia toma a su presa cuando de este objeto perdido para siempre, el objeto causa del deseo, no produce siquiera una imagen. ¡Figúrense el afecto de vivir siempre en esa incertidumbre constante de lo que no puede ser jamás! En otras palabras, que ni siquiera haya para el sujeto un objeto imaginario (i(a)) en el que sostenerse.
Entonces, retomando, la función del análisis, al menos una de ellas, corresponde a provocar un cierto vaciamiento de aquello que hace totalidad o completud. Llenar una vacija con un líquido particular es posible solo a condición de vaciarla. Por cuanto el vaciamiento de las significaciones es un objetivo primero del análisis y una condición ineludible para que allí, en el lugar de lo vacío, un objeto nuevo, singular y propio alejado de aquellos pre-formados de los discursos religiosos y capitalistas.
En otras palabras lo que busca lograr el psicoanálisis no es el cerramiento del sujeto suturándole la falta con objetos ajenos. Nada más lejos del análisis que las consignas publicitarias que afirman: ¡Con este celular vas a lograr alcanzar la felicidad en tu vida!, o de las exclamaciones delirantes de la religión: ¡Recibamos a Jesús en nuestros corazones y llenemos ese vacío!

Me gustaría ilustrar brevemente otra frase para luego continuar. Ante la pregunta de por qué los planetas no hablan, Lacan precisa esta respuesta: “Porque no tienen boca”. Las implicancias son interesantes pese a la aparente simplicidad de la respuesta. La boca representa (más bien el orificio bucal) el vacío, eso que falta. Entonces quienes tienen boca hablan porque hay un vacío, una falta que soporta al lenguaje y, en ese sentido, tienen algo para decir. ¿Y que se escucha en el discurso del hablante? La demanda, pues se prende del habla y, en la demanda, se ha articulado así mismo el deseo. Entonces quien habla lo hace porque hay una falta que opera en su estructura, y en eso que habla, está poniendo en juego lo que puede decir acerca de su deseo.
El psicoanálisis no cierra, abre, le muestra al sujeto que está incompleto y que nunca va a poder completarse, ni él ni nadie. Que ese es el sentido de la vida, precisamente la carencia del mismo.
¿Dónde más podemos ver una diferencia radical en relación a este punto? El analista pregunta, invita al sujeto a hablar, vuelve a interrogar y convoca al hablante a que dé cuenta de su decir; que atribuya sentido y se implique en él. Por el contrario, la religión y el capitalismo son grandes maquinarias discursivas dadoras de sentido que imponen desde fuera, e incluso los publicitan.
Resta por esclarecer de qué modo participa la filosofía aquí. ¿Qué es la filosofía?
“Plantear interrogantes sobre la filosofía y esbozar su campo es ya un ejercicio filosófico, aunque particular. Reflexión y búsqueda constante que manifiesta su actitud dialógica, en un espacio de tensión y articulación permanentes con saberes, disciplinas y prácticas.” [Ana María Sardisco; 2013]

Así, si pensamos a la filosofía como acto, como acto de pensar y de sostener la duda, estamos en una postura crítica en ejercicio constante de ese arte. Pero si la filosofía es acto, entonces no podría nunca encontrarse con las verdades, con las verdades eternas y absolutas, pues supondría su propia muerte.
Creo que hasta ahora ha sido evidente el punto de unión, pero volvamos a repetir. La “falta” de verdades eternas es una realidad análoga a la “falta” constitutiva del sujeto; ambas faltas constituyen imposibles y cuya realización, si tal cosa fuera posible, supone la muerte instantánea tanto de la filosofía como del sujeto, en tanto sujeto del deseo.
La filosofía, valientes lectores, nos vuelve a posicionar frente a una carencia, la de LA verdad ¡y no nos angustiemos si no la encontramos! Lo hemos dicho, supondría la muerte de la filosofía. Pensemos, repensemos, critiquemos hacia afuera y dudemos hacia adentro. Podemos hacerlo, y en ese acto resistiremos, como el psicoanálisis y la filosofía, en esta guerra de las verdades impuestas y de los sentidos ajenos cuya única y más poderosa arma siempre será nuestra: La Duda.
Imagino que al llegar acá, se han podido percatar de la relación íntima que ostentan estos dos campos: ambas reposicionan al sujeto, ambas se alían con él en la lucha por la separación, para que la singularidad sea un resultado único de un proceso de creación que tiene como condición primera la revisión del propio lugar. Valorizar la carencia en vez de llenarla de basura universal.
No me crean, duden de mí y de todo lo que les dije, de mí y de todo lo que puedan leer, es la única manera de ejercitar el pensamiento, de abrirlo, de darle vida a la filosofía y encontrar sus propios caminos, su propio pensamiento y su propio deseo a condición siempre de servirse de lo que hay.

 

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