La locura de-Lira

La locura de-Lira

Una inmensidad devastadora se presentaba ante los ojos de Lira que, incrédula, observaba todo su alrededor en un intento desesperado por entender en dónde se encontraba. Lo último que recordaba se remontaba a la noche anterior, cuando vencida por el cansancio, se echó sobre su cama perdiendo rápidamente la conciencia.
Sus ojos realizaban un ir y venir constante y frenético mientras se llenaban de las imagen de aquel lugar. Estaba lloviendo, pero sorprendentemente, de los pies al cielo. Cuando las pequeñas partículas de agua alcanzaban unos cuantos metros de altura se arremolinaban locamente para volver a caer violentamente, golpeando así el rostro de una confundida Lira. El agua repitió su danza incansablemente frente a la casi inmutable mirada de aquella señorita anonadada.

En aquel mundo extraño no llovía en todos los espacios, de hecho, a unos escasos metros de donde ella aun se encontraba parada, el ambiente estaba seco e irrisoriamente iluminado a pesar de la carencia de algún sol o fuente de luz.
Su pecho golpeaba con fuerte desesperación ante el miedo de lo desconocido y la consternación de la incertidumbre. Lira inspiró profundo y con los ojos cerrados, elevó su mirada y nuevamente la sorpresa la invadió provocando un gran temblor en su cuerpo. La imagen que presenciaba era tan bella como desconcertante, nunca antes vista, y no pudo evitar que un gemido de terror escapara de sus labios ante la visión de los casi diez anillos de incandescentes rocas que envolvían en forma de asterisco al pequeño mundo sobre el que ella estaba de pie. Sin esperarlo, y mucho menos poder preverlo, un nuevo remolino de lluvia golpeó en su rostro y algunas valientes gotitas irrumpieron en su boca. El espantoso gusto azufre del agua la arrancó de sus pensamientos al tiempo que un grito de asco imposible contener rompió con el silencio.
Lira abrió los ojos y reconoció todo a su alrededor, la vieja lámpara verde, el olor de su cama, el ruido de la calle contigua a su habitación y el color rojo de las paredes con su característica mancha de humedad. El sabor azufre aún permanecía inamovible en su boca. Ella pudo sentirlo. Y más allá de su ventana logró ver como los anillos de rocas incandescentes se mostraban inmutables pero imponentes.

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